jueves, 21 de septiembre de 2017

San Pío X y la lectura de la Biblia

Los autores citados en entradas anteriores ponen énfasis en la lectura de la Escritura como medio de santificación para todos los fieles cristianos. Pero no se trata sólo de contemplar, sino también de dar a otros de lo contemplado. 
En los inicios del siglo XX se destacó un movimiento apostólico de difusión masiva de la Biblia. Así, en 1900, se publicó en Turín un volumen titulado De la lectura en familia del Santo Evangelio de N.S. Jesucristo. El proyecto fue asumido por completo por la Sociedad de San Jerónimo, obra que obtuvo la aprobación del entonces cardenal Sarto (carta del 30-V-1902), quien luego, como papa, continuaría apoyando a esta sociedad, cuyo principal apostolado consistía en la divulgación masiva de la Escritura.
Un testimonio de la estima de San Pío X por la lectio lo encontramos en la carta «Qui piam» (21 de enero de 1907), en la cual felicita al cardenal protector de la Sociedad de San Jerónimo por la ingente labor de dicha asociación, que llegó a distribuir en aquel tiempo más de 500.000 ejemplares de los Evangelios. En la carta, el papa Sarto encomia el hábito de leer la Biblia «no sólo con frecuencia, sino hasta diariamente»; impulsa el apostolado bíblico, al vincular la lectura de los Evangelios con el omnia instaurare in Christo, programa de su pontificado; destaca el valor de los Santos Evangelios como un medio que «llega incluso hasta aquellos que [...] no tienen contacto alguno con el sacerdote»; y felicita a la Sociedad por su contribución a «acabar con la opinión de que la Iglesia ve con disgusto o trata de poner impedimentos a la lectura de la Sagrada Escritura en lengua vulgar».
Reproducimos la carta de San Pío X (la tomamos del volumen de Documentos bíblicos publicado por la B.A.C en 1955; completo, aquí) y resaltamos algunos pasajes.
Nos, que ya cuando administrábamos la iglesia patriarcal de Venecia favorecimos con nuestras oraciones y mejores votos al Pío Sodalicio de San Jerónimo, ahora —pocos años después—, desde la sede suprema de la Iglesia, podemos gozarnos singularmente al ver que en tan breve tiempo ha hecho tan grandes progresos y producido tan abundantes frutos. Porque la Sociedad de San Jerónimo, para la divulgación de los Evangelios, no sólo ha invadido Italia, donde sabemos que tiene fundadas tres casas para mayor eficacia de su misión, sino también América, llevando libros allí donde se encuentre uno que hable italiano, en favor principalmente de los emigrantes de Italia. Los casi 500.000 ejemplares impresos y oportunamente divulgados muestran bien a las claras el increíble afán con que han trabajado los socios de la Obra y cómo la Sociedad ha sabido abarcar el inmenso campo de su actuación.
He aquí una empresa admirable, sobre todo si se tiene en cuenta la desproporción de los medios con el fin; empresa grata y digna de los mejores votos si miramos el bien que la Sociedad se propone: ofrecer a las gentes la oportunidad y facilidad de leer y meditar el Evangelio, especialmente en nuestros tiempos, cuando los ánimos se entregan con más ardor que nunca a la lectura muchas veces dañina; empresa, en fin, fructífera y saludable, no sólo en sí, puesto que se ocupa en cosa tan divina como es describir la vida de Cristo, que es lo más eficaz para mover a la santidad de las costumbres, pero además y sobre todo por cuanto presta un gran servicio al magisterio de la Iglesia, preparando los ánimos a una mejor acogida del mensaje divino y ayudando a fijar en la memoria y a conservar más claramente lo enseñado sobre el Evangelio en la primera catequesis de la Iglesia. Añádase a esto —y no es el menor fruto de estos libros, dadas las circunstancias de nuestros días—, que, con la divulgación de su lectura, cierto eco de la divina palabra llega incluso hasta aquellos que, sumergidos en la desesperación de la vida, en el odio o en el error, no tienen contacto alguno con el sacerdoteinmenso y por Nos deseado beneficio este de poder con los libros, ya que con la palabra no es posible, curar los ánimos de los hombres y restaurar con los ejemplos de la vida de Cristo las cosas, pública y privadamente tan perturbadas.
Es por Nos demasiado conocida y comprobada la diligencia con que la Sociedad se entrega al cumplimiento de su misión para que consideremos necesario exhortar y empujar a los socios a una más diligente perseverancia en lo comenzado. No se olvide, sin embargo, para dar cada día mayor incremento a la Obra, que se trata de la empresa más útil y apropiada a nuestro tiempo y que conviene continuar con duplicados esfuerzos, ya que en tan breve tiempo tanto se ha acreditado por los bienes producidos. Procurad, con el creciente aumento de ejemplares, que siempre se divulgarán con fruto, fomentar el común deseo de leer el Evangelio que vuestro celo ha sabido despertar; esto servirá también para acabar con la opinión de que la Iglesia ve con disgusto o trata de poner impedimentos a la lectura de la Sagrada Escritura en lengua vulgar. Siendo como es de máximo interés no sólo conseguir este propósito de la Sociedad por encima de otros que pudieran atraer su actividad, sino perseguirlo sin distraer fuerza alguna, será muy conveniente que vuestra Sociedad se percate de que la divulgación de los Evangelios y Hechos de los Apóstoles es un campo suficientemente amplio para vuestro trabajo.
Sigue, pues, venerable hermano nuestro, sigue promoviendo con tu autoridad y con tu ejemplo una obra que nos es tan grata; sigan sus socios entregándose a la empresa con la diligencia y afán con que lo han hecho hasta el presente. Siendo nuestro deseo instaurar todas las cosas en Cristo, nada anhelamos tanto como ver que nuestros hijos van adquiriendo el hábito de leer no sólo con frecuencia, sino hasta diariamente, los ejemplos de los Evangelios, en los cuales se aprende de qué manera pueden y deben ser todas las cosas instauradas en Cristo.
En prenda de los divinos dones y testimonio de nuestra benevolencia, impartimos de corazón en el Señor la bendición apostólica a ti y a los asociados, así como a todos aquellos que de una u otra forma presten su ayuda a la Asociación. Dado en Roma, junto a San Pedro, a 21 de enero de 1907 año cuarto de nuestro pontificado.
PÍO PP. X.


jueves, 14 de septiembre de 2017

¿La Biblia prohibida?


A raíz de algunos comentarios leídos en una entrada del blog Wanderer, nos ha parecido oportuno dedicar esta entrada a la historia de la disciplina eclesiástica sobre la lectura de la Biblia en lengua vulgar. Si bien es cierto que la tradición recomienda la lectura asidua de la Escritura como medio de santificación, no es menos cierto que en determinadas circunstancias históricas se dictaron normas de disciplina eclesiástica con restricciones para la traducción y lectura de la Biblia en lengua vernácula. Estas disposiciones —que no se deben confundir con el magisterio— tenían por finalidad defender la ortodoxia y proteger a los fieles sencillos en un contexto determinado.
En la entrada anterior dimos cuenta de la disciplina vigente a partir del Código de Derecho Canónico de 1917. Hoy intentaremos dar un panorama de las épocas anteriores al Código, en base a una obra de referencia del siglo XIX (aquí) de la cual reproducimos fragmentos que identificamos con uno de sus autores, «Perujo».
1. La Iglesia no prohíbe la lectura de la Biblia en lengua vulgar, sino que la recomienda.
«Creyendo la Iglesia que las Escrituras contienen el depósito de la divina revelación, aunque no completo sin las tradiciones evangélicas y apostólicas, y siendo su misión principal la de adoctrinar á los pueblos en esa revelación santa, no solamente no impide que los fieles la aprendan en la misma fuente, y lean la Biblia en su lengua, como esto sea sin peligro, sino que, como hemos visto, usó en la liturgia las versiones en la lengua vulgar de los respectivos pueblos que se convertían á la fé, si ya no se hicieron esas versiones por su inspiración ó mandato. Así empleó entre los griegos y helenistas la versión dé los LXX, entre los latinos la antigua Vulgata ó Itálica, entre los siros la peschitó, y aún hay alguna literatura que comenzó por la versión de la Biblia, hecha por los hombres apostólicos que evangelizaron el país, como sucedió en Armenia y Hungría.» (Perujo).
2.  Pero en determinadas circunstancias se ha visto en la necesidad de prohibirla.
«Solo cuando se atentó por los sectarios á la integridad del sagrado texto, la Iglesia prohibió la lectura de sus obras: y solo cuando se abusó por los mismos de la ignorancia del pueblo, incapaz de descubrir muchas veces el sentido bíblico, y de desentrañar la falsa inteligencia que aquellos le daban, comenzó á prohibir la lectura de las versiones en lengua vulgar para ocurrir á tan graves inconvenientes, como sucedió por primera vez en tiempo de los albigenses. Llegó después el protestantismo, declarando á la Biblia, libremente entendida por cada uno, como única regla de la fe, la necesidad de que todos la leyeran, negando la autoridad de la Tradición y la de la Iglesia, con otra porción de puntos doctrinales, descontando de la Biblia los libros deuterocanónicos del Antiguo Testamento, y tratando desfavorablemente á algunos de los del Nuevo, dando en fin traducciones mutiladas y en que se falseaba el sentido de los originales.» (Perujo).
3. La prohibición no ha sido absoluta.
«Claro es que la Iglesia no podía pasar por semejantes enormidades, que eran además para las gentes indoctas un peligro tanto mayor, cuanto más ardoroso era el fanatismo de los sectarios; y se vio precisada á prohibir la lectura de la Biblia en lengua vulgar, no absolutamente, como calumnian todavía los protestantes rezagados, y los que viven del dinero de las Sociedades bíblicas, repartiendo entre los católicos Biblias en lengua vulgar con las condiciones dichas, y con algunos trataditos y hojas sueltas contra la fé católica, sino que mas bien debe decirse que regularizó la lectura, para impedir los males que de ella pueden sobrevenir, cuando no hay el necesario discernimiento, como la experiencia lo acredita.» (Perujo).
4. La disciplina anterior al Código de Derecho Canónico de 1917. El caso de España.
El Concilio de Trento prohibió (8 de abril de 1546) las versiones en lengua vulgar que no tuvieran aprobación eclesiástica. Pero la Inquisición española fue mucho más lejos: en su primer índice impreso (Toledo, 1551) prohibió taxativamente la lectura de la Biblia en romance castellano o en otra lengua vulgar:
«Frente a las distintas soluciones posibles para defender la ortodoxia —nueva traducción para uso de la población fiel al catolicismo (como en Alemania), tolerancia sólo para las traducciones hechas por hombres piadosos y católicos (como en Italia, Francia y los Países Bajos), supresión rigurosa de la versión anglicana (como en la Inglaterra de María Tudor)—, España, dice Carranza, optó por la prohibición general de todas las traducciones vulgares de la Escritura». (Bataillon)
Las normas vigentes a finales del siglo XIX:
«Según la disciplina actual, á nadie se prohíbe leer la Biblia en los textos originales ni en el latino, pues los que pueden leerla de este modo claro es que tienen ya cierta instrucción, y aunque tal puede ser esta, que no los preserve del peligro de tropezar, no es este tan presumible, ni menos tan general como el que resulta del uso de las biblias en idioma vulgar, para cuya lectura solo se requiere haber aprendido á leer. Respecto de las versiones en vulgar, la Iglesia prohíbe en general todas las que proceden de autor heterodoxo ó que no consta que sea católico, todas las que van sin notas ni comentarios que eviten los peligros de una falsa inteligencia en los pasajes que puedan causarla, notas y comentarios que han de estar conformes con la doctrina de los Santos Padres y expositores católicos, y en fin, quiere que toda traducción vulgar sea vista y aprobada por la autoridad del diocesano ú otra más alta, con el fin de asegurarse de la fidelidad de la versión y del cumplimiento de la condición dicha acerca de las notas y comentarios. La prohibición de las traducciones de los sectarios ó desconocidos se justifica por sí misma, como la de aquellas que suelen repartir las Sociedades bíblicas, porque ordinariamente están mutiladas, lo cual es contrariar á la doctrina católica respecto de la canonicidad de los libros, que ellas desechan; ordinariamente también traducen ciertos pasajes en sentido heterodoxo, y en fin, carecen de las notas necesarias, ó no son estas conformes á la doctrina de los Padres y de la Iglesia.
Mas cuando las versiones de la Biblia en vulgar llenan las condiciones dichas, á nadie se prohíbe su lectura, antes se aconseja á cuantos quieren y pueden edificarse con ella, é instruirse más cumplidamente en las cosas de la religión. Por eso no hay pueblo entre los católicos que no tenga una ó más versiones en vulgar, las cuales, como carecen de importancia en materia de crítica bíblica, y en la exegética, solo la tienen como auxiliar si están bien hechas, no necesitamos enumerar ni calificar aquí, mencionando únicamente, como es natural, las escritas en castellano. 
Las principales entre estas son las del Padre Scio y del Sr. Amat, ambas tomadas de la Vulgata.» (Perujo). 
En conclusión: aunque la Iglesia siempre ha recomendado la lectura de la Biblia, en determinada coyuntura histórica se vio en la necesidad de poner algunas restricciones, por el temor a que sus fieles se dejasen seducir por la herejía. Se expuso así a que le reprocharan distanciarse de la palabra de Dios. Pese a lo cual consideró que estas restricciones eran necesarias para preservar la fe de los sencillos de los peligros del momento; y tuvo que tolerar consecuencias negativas ya señaladas. 


sábado, 9 de septiembre de 2017

¿Derecho a leer la Biblia?

El notable biblista Straubinger glosaba algunos cánones del Código de Derecho Canónico de 1917 relativos a la Sagrada Escritura concluyendo que todos los fieles católicos tienen el derecho a leer la Biblia. Por cierto que la lectura de la Escritura es algo mucho más rico que un derecho. Pero en los tiempos en que el autor escribió las páginas que reproducimos a continuación, le pareció necesario decirlo con énfasis para salir al cruce de errores vigentes.
9. NORMAS DEL CODIGO CANONICO PARA LA LECTURA Y PUBLICACION DE LA SAGRADA ESCRITURA 
Considerando las fervorosas exhortaciones de los Sumos Pontífices a leer y meditar la Sagrada Escritura, se plantean lógicamente algunas cuestiones de índole práctica, sobre todo la pregunta: ¿Cuáles son las ediciones que se ajustan a los requisitos que la Iglesia considera indispensables para hacer fecunda la lectura de la Biblia?
La legislación de la Iglesia trata en cinco cánones del Código sobre la lectura del Libro sagrado. 
Canon 1385, 1: No se publiquen, ni siquiera por los seglares, sin previa censura ecle­siástica, los libros de la Sagrada Escritura ni comentarios a los mismos. 
Canon 1391: Las versiones de las Sagradas Escrituras en lengua vulgar no pueden im­primirse si no son aprobadas por la Santa Sede o si no son publicadas bajo la vigi­lancia de los Obispos y con anotaciones sacadas principalmente de los Santos Pa­dres de la Iglesia y de doctos y católicos escritores. 
Canon 1399, 1: Están prohibidas ipso jure las ediciones del texto original y de las antiguas versiones católicas de la Sagrada Escritura, incluso las de la Iglesia Orien­tal, publicadas por cualesquiera no-católi­cos, así como las versiones de la Sagrada Escritura en cualquier lengua, hechas o publicadas por los mismos. 
Canon 1400: El uso de los libros a que se refiere el canon 1399,1 y de los libros publicados contra lo prescrito en el canon 1391 está permitido solamente a los que de alguna manera se dedican a los estudios teológicos o bíblicos, con tal que tales li­bros estén fiel e integralmente editados y no se combatan en ellos, en los prolegó­menos o en las notas los dogmas de la fe católica. 
Canon 2313, 2: Los autores y editores que sin la debida licencia hacen editar los li­bros de la Sagrada Escritura o notas o comentarios a la misma, incurren ipso facto en la excomunicación no reservada. 
No cuesta mucho esfuerzo comprender los saludables motivos en que se inspiran los cánones citados. Su objeto no sólo es salvaguar­dar el texto sagrado sino también preservar a los fieles de los abusos que tan frecuente­mente hacen de él aquellos mismos que pre­tenden tomarlo por la única base de la fe. 
En los primeros cánones se requiere la previa aprobación para todas las ediciones y comentarios efectuados por católicos. Nin­guno puede imprimirlos sin la licencia por parte de la Santa Sede. Los mismos efectos produce la aprobación episcopal con tal que la edición sea acompañada de anotaciones sacadas principalmente de los Padres, Docto­res y escritores católicos.
El tercer canon se ocupa de las ediciones hechas por no católicos, prohibiendo su lec­tura a los fieles y extendiendo la prohibición al texto original así como a las versiones en lengua vulgar. 
El cuarto canon establece una excepción en favor de los que “de alguna manera” se dedican a los estudios teológicos o bíblicos siéndoles concedido el uso de todas aquellas ediciones que reproduzcan fielmente el texto, y no impugnen los dogmas de la fe católica. 
El quinto canon fija las sanciones para los autores y editores que sin la debida licencia publiquen los libros sagrados. 
Pasando a la aplicación de los cánones cita­dos podemos formular las normas siguientes:
1º. Los que quieren leer sólo o meditar la divina palabra, para alimentar su alma, han de atenerse a las ediciones aprobadas por la autoridad eclesiástica. 
2º. Los que de alguna manera se consagran a estudios teológicos y bíblicos, sean sa­cerdotes, sean laicos, gozan del privilegio de usar las ediciones protestantes y por ende no aprobadas, con las precauciones indicadas, es decir, si son fieles reproduc­ciones del texto sagrado y se abstienen de atacar la fe católica. Los Seminarios v. gr., pueden servirse del texto griego del Nuevo Testamento de Nestle, ofrecidas por las sociedades protestantes. Se entiende por sí mismo que han de dar preferencia a ediciones católicas si las hay. Respecto de las pretendidas falsificaciones de la Biblia por los protestantes, tópico muy usado en la polémica, hay que obser­var que los protestantes no usan traduc­ciones de la Vulgata sino exclusivamente versiones hechas de los textos originales (el hebreo y el griego respectivamente) y sólo de los libros protocanónicos, por lo cual resultan numerosas diferencias que veces por los que no conocen los textos originales ni las dificultades de la traduc­ción, son consideradas como falsificacio­nes del texto sagrado.
3º. Están prohibidas —para los que no hagan estudios bíblicos— todas las ediciones de las sociedades bíblicas protestantes, aun­que ellas ofrezcan traducciones de autores católicos. La Sociedad Bíblica Británica y Extranjera p. ej., ofrece la versión católica de Felipe Scio y la Sociedad Bí­blica Americana hace lo mismo.
Como se ve, la Iglesia no quiere prohibir la lectura de la Sagrada Escritura, y menos los estudios bíblicos, concediendo para ellos hasta el uso de Biblias protestantes. Lo que nuestra santa Madre intenta es únicamente salvaguardar la primitiva y legítima auto­ridad de la Biblia sin dar lugar a interpreta­ciones sujetivas y heréticas. Es pues falso decir que la Iglesia tenga alejados a los fieles de los manantiales sobrenaturales que brotan de los santos libros. Al contrario: Todos los católicos tienen hoy día el derecho de leer la Sagrada Escritura, con tal que se atengan a las disposiciones que ha establecido para ellos la prudencia maternal de la Iglesia.
Pero no olvidemos que los derechos impli­can deberes. Para nosotros que buscamos en la Biblia un alimento espiritual, la lectura de las Escrituras es más que un derecho. Es un medio y remedio. Un medio para acer­camos a Dios, un remedio contra las enfer­medades del alma; porque la Palabra de Dios es viva y eficaz y más acerada que una espada de dos filos, tan penetrante, que llega hasta separar el alma y el espíritu, las coyun­turas y la médula, porque discierne las inten­ciones y los pensamientos del corazón” (Hebr. 4, 12).  

Tomado de:

Straubinger, J. La Iglesia y la Biblia. Ed. Guadalupe, Bs. As., 1944 (aquí), pp. 181 y ss.

martes, 5 de septiembre de 2017

Hermenéutica: pequeña introducción

En las entradas anteriores se recomienda la lectura asidua de la Escritura como medio de santificación al alcance de todos los cristianos. Pero la lectio no es el único modo de aproximarse a la Escritura. También está la hermenéutica bíblica, que es parte de la Teología, una ciencia para la cual no todos están bien dispuestos. Se la define como «la disciplina que enseña las reglas que deben seguirse para entender y explicar rectamente los Libros sagrados». Aun siendo étimológicamente sinónimas las palabras hermenéutica y exégesis, se reclaman entre sí como los medios y el fin. Exégesis es la misma interpretación mediante la aplicación de las reglas establecidas en la hermenéutica. A las reglas comunes valederas para cualquier escrito (ver aquí), la hermenéutica añade algunas otras particulares correspondientes al carácter divino y humano de los Libros sagrados.
Reproducimos unas páginas del Diccionario bíblico de Francisco Spadafora que esperamos sean de utilidad para los interesados en iniciarse en hermenéutica de la Sagrada Escritura.

sábado, 2 de septiembre de 2017

Lectio divina (y 2)



¿Cómo leer con fruto la Sagrada Escritura? Straubinger proponía unas reglas tradicionales.

REGLAS PARA LEER CON FRUTO SAGRADA ESCRITURA (según el P. SEVERIANO DEL PÁRAMO)
1. Tomemos en nuestras manos la Biblia con amor, conforme escribe San Jerónimo en una de sus cartas: Ama las Santas Escri­turas y te amará la Sabiduría (Ef. 130 PL. 22, 1124). Además, ya que según San Pablo, toda la Escritura, inspirada por Dios, es útil para enseñar, convencer, corregir e instruir en la santidad (2 Tim. 3, 16-17), debemos leerla no para satisfacer nuestra curiosidad, sino para encontrar en ella el provecho de nuestra alma.
2. Antes de comenzar su lectura debemos dirigimos a Dios por medio de una corta y fervorosa oración a Jesucristo el cual es el único digno de abrirnos el divino libro y romper los sellos que le tienen como cerrado (Apoc. 5, 5 y 9).
3. Es necesario leer la Escritura con grande humildad y con entera sumisión a la Iglesia, la cual es la que recibió de Jesucristo este sagrado depósito, y la única que puede dar­nos la verdadera inteligencia de una manera infalible, como enseña el Concilio de Trento, siguiendo la tradición.
4. Jesucristo es el grande objeto que siem­pre hemos de tener presente en la lectura de la Santa Biblia, si queremos alcanzar su recto sentido, como dice San Agustín (In Ps. 96).
5. No siempre se guarda en la Escritura el orden de los tiempos; los Evangelistas y otros autores sagrados anticipan o posponen a veces la narración de un suceso, o hacen de él una recapitulación.
6. Cuando Jesucristo, o los autores de los libros sagrados, citan algún otro lugar de la Escritura, especialmente de los Profetas, sucede algunas veces que se halla la cita con­forme a la sustancia o sentido de las palabras, mas no con lo material de éstas; y a veces se cita un solo profeta, aunque las palabras sean tomadas de varios.
7. Debe tenerse presente que Dios no nos ha dado las Santas Escrituras para hacernos físicos o matemáticos, etc.; sino para hacernos buenos cristianos. Por eso, algunas expre­siones sobre el mundo físico que nos rodea, como sobre el movimiento del sol, no hay que entenderlas en riguroso sentido científico expresan con ellas las apariencias externas de las cosas, como la significamos también nosotros al decir que el sol sale y se pone. Esta norma no ha de aplicarse a las narra­ciones históricas, en las cuales ha de creerse que el autor sagrado quiere contarnos la ver­dad, de no probarse por el contexto o por la tradición, que su propósito no fue contar historia verdadera, sino bajo su forma pro­poner una parábola o una alegoría, o darnos alguna enseñanza. Atendamos siempre en esta materia a lo que la Iglesia nos diga.  
8. Finalmente, hay en el Antiguo Testa­mento ciertos pasajes, cuya lectura sorprende a muchas almas cristianas: tales son, sobre todo, aquellos en que se nos cuentan pecados gravísimos o enormes castigos que Dios en­viaba a su mismo pueblo. Para entender es­tos pasajes hay que advertir, en primer lugar que la Escritura nunca alaba las acciones pecaminosas; y si las cuenta lo hace para que conozcamos la miseria y debilidad hu­manas; la misericordia de Dios, dispuesta a perdonar los más atroces crímenes, o su jus­ticia castigándolos; y a veces también, como en el caso de David, para proponemos un ejemplo de penitencia. Los terribles castigos, que Dios descargaba a veces sobre su pue­blo, estaban bien merecidos por su infidelidad y dureza verdaderamente inconcebibles.
9. Téngase sobre todo en cuenta, que nos­otros, gracias a Jesucristo, que nos redimió, vivimos en un estado de mucha mayor per­fección que aquel en que vivieron los más santos Patriarcas y Profetas, y que sobre las costumbres y moral del pueblo judío hubie­ron de influir a veces los pueblos idólatras de que se veía rodeado; y así, páginas que ahora impresionan más o menos al pudor cristiano no producían el mismo efecto a aquellos para quienes fueron inmediatamente escritas. La rudeza y aspereza de costumbres de los pueblos primitivos explica, en parte, estas escenas que contrastan con la suavidad y dulzura de la Ley evangélica. Su lectura puede, por lo tanto, servirnos para apreciar y agradecer los bienes inmensos que Jesu­cristo trajo al mundo con su doctrina.

Tomado de:


Straubinger, J. La Iglesia y la Biblia. Ed. Guadalupe, Bs. As., 1944 (aquí), pp. 266 y ss.